martes, 7 de agosto de 2007

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seguramente
no ha de ser difícil pensar que estas situaciones son de paradojal importancia, puesto que de seguro no importan y por otro lo que hacen es importar por que no me importan.
y como no me importan, por eso me importan.
de seguro

a veces pienso que esta carencia no será porque es en verdad mi culpa,
pero
que se le hace cuando a una no le nace
que se le hace?
lo peor, lo peor es que no sé diantres, no sé ni siquiera bien de que estoy hablando, hablo de esas tardes divagando con el cuerpo por el parque forestal hablo de esos escabullimientos de cualquier personaje que se acerca, o que se yó, hablo de que solo se lo que no quiero y todo lo que me pasa es exactamente eso.
en fin
tal vez es un problema de suerte

o tal vez de los zapatos o que se yo, finalmente es de seguro algo
de un todo esto,
de una resignación que no se acaba, y que tampoco se resigna, que ya está cansada,

pero que es tan vital que no se acaba nunca
como gritos de quinceañera,
en fin.
parece que a unos no nos salen bien las cosas y solo nos queda esperar
que venga de una buena vez la primavera para poder salir a correr bajo los regadores del san cristóbal, con ese vestido blanco como todos los años, a mojarnos y a correr
y al pasto
y al olor
y a todo eso
cuando vuelva la ciudad a los olores, entonces parece que en conjunto a las alergias vengo yo,
yo de carcajadas y de sonrisas discretas, yo de felicidad y de nubes
y de vientos y de alegrías
y de verano

y de sol, principalmente.
ahora bueh
ahora medio sola medio acompañada
pero en medio al fin
espero.

1 comentario:

Ximena dijo...

Llegó con su espada de madera
y zapatos de payaso a comerse la ciudad.
Compró suerte en Doña Manolita
y al pasar por La Cibeles
quiso sacarla a bailar un vals,
como dos enamorados y dormirse acurrucados
a la sombra de un león.
Qué tal, estoy sola y sin marido
gracias por haber venido a
abrigarme el corazón.

Ayer a la hora de la cena
descubrieron que faltaba el interno dieciseis
tal vez disfrazado de enfermero
se escapó de cien posuelos
con su capirote de papel.
A su estatua preferida
un anillo de pedida
le mandó en El Corte Inglés.
Con él, en el dedo al día siguiente
ví a la novia de la gente
que lo vino a detener.

Cayó como un pájaro del árbol
cuando sus labios de mármol
lo obligaron a soltar.
Quedó, un taxista que pasaba
mudo al ver como empezaba La Cibeles
a llorar y chocó contra el banco central,
y chocó contra el banco central.
y chocó contra el banco.